|
35º Aniversario de su
retorno definitivo a la Argentina

Deseo comenzar estas palabras
con un saludo muy afectuoso al Pueblo Argentino.
Llego del otro extremo del
mundo con el corazón abierto a una sensibilidad patriótica que sólo la larga
ausencia y la distancia pueden avivar hasta su punto más alto. Por eso, al
hablar a los argentinos lo hago con el alma a flor de labio y deseo que me
escuchen también con el mismo estado de ánimo.
Llego casi desencarnado.
Nada puede perturbar
mi espíritu porque retorno sin rencores ni pasiones, como no sea la
pasión que animó toda mi vida: servir lealmente a la Patria.
Y sólo pido a los argentinos que tengan fe en el Gobierno justicialista,
porque ése ha de ser el punto de partida para la larga marcha que iniciamos.
Tal vez la iniciación de nuestra acción pueda parecer indecisa o imprecisa,
pero hay que tener en cuenta las circunstancias en las que la iniciamos.
La situación del país es de
tal gravedad que nadie puede pensar en una reconstrucción en la que no debe
participar y colaborar.
Este problema como ya lo he dicho muchas veces, o lo arreglamos entre todos
los argentinos o no lo arregla nadie. Por eso, deseo hacer un llamado a
todos, al fin y al cabo hermanos, para que comencemos a ponernos de acuerdo.
Una deuda externa que
sobrepasa los 6.000 millones de dólares y un déficit cercano á los tres
billones de pesos, acumulados en estos años, no han de cubrirse en meses
sino en años. Nadie ha de ser unilateralmente perjudicado, pero tampoco
ninguno ha de pretender medrar con el perjuicio o la desgracia ajena. No son
estos días para enriquecerse desaprensivamente, sino para reconstruir la
riqueza común, realizando a una comunidad en la que cada uno tenga la
posibilidad de realizarse.
El Movimiento Justicialista,
unido a todas las fuerzas políticas, sociales, económicas y militares que
quieran acompañarlo en su cruzada, de liberación y reconstrucción del país,
jugara su destino dentro de la escala de valores establecida primero la
Patria, después el Movimiento y luego los hombres en un gran movimiento
nacional y popular que pueda respaldarlo.
Tenemos una revolución que
realizar, pero para
que ella sea válida ha de ser
de construcción pacífica y sin
que cueste la vida de un solo argentino.
No estamos en condiciones de seguir destruyendo frente a un
destino preñado de acechanzas y peligros. Es preciso volver a lo que en su
hora fue el apotegma de nuestra creación: "de casa al trabajo y del trabajo
a casa". Sólo el trabajo podrá redimirnos de los desatinos pasados.
ORDENEMOS PRIMERO NUESTRAS
CABEZAS Y NUESTROS ESPÍRITUS.
Reorganicemos al país y dentro de él al Estado que preconcebidamente se ha
pretendido destruir y que debemos aspirar a que sea lo mejor que tengamos
para corresponder a un pueblo que ha demostrado ser maravilloso Para ello
elijamos los mejores
hombres, provengan de donde provinieren,
acopiemos la mayor
cantidad de materia gris,
todo juzgado por sus genuinos valores en plenitud y no por subalternos
intereses políticos, influencias personales o bastardas concupiscencias.
Cada argentino ha de recibir
una misión en este esfuerzo de conjunto. Esa misión será sagrada para cada
uno y su importancia estará más que nada en su cumplimiento. En situaciones
como la que vivimos, todo puede tener influencia decisiva y
así como los cargos honran al
ciudadano, éste también debe ennoblecer los cargos.
Si en las Fuerzas Armadas de
la República, cada ciudadano, de general a soldado, está dispuesto a morir
tanto en defensa de la soberanía nacional como del orden constitucional
establecido, tarde o temprano han de integrarse al pueblo que ha de
esperarlas con los brazos abiertos como se espera a un hermano que retorna
al hogar solidario de los argentinos.
NECESITAMOS UNA PAZ
CONSTRUCTIVA SIN LA CUAL PODEMOS SUCUMBIR COMO NACIÓN.
Que cada argentino sepa defender esa paz salvadora por todos los medios, y
si alguno pretendiera alterarla con cualquier pretexto, que se le opongan
millones de pechos y se alcen millones de brazos
para sustentarla con los medios que sean.
Sólo así podremos cumplir nuestro destino.
Hay que volver al orden
legal y constitucional como única garantía de libertad y justicia.
En la función pública no ha de haber cotos cerrados de ninguna clase y el
que acepte la responsabilidad ha de exigir la autoridad que necesita para
defenderla dignamente. Cuando el deber está por medio, los hombres no
cuentan sino en la medida en que sirvan mejor a ese deber. La
responsabilidad no puede ser patrimonio de los amanuenses.
Cada argentino, piense como
piense y sienta como sienta, tiene el inalienable derecho a vivir en
seguridad y pacíficamente.
El Gobierno tiene la insoslayable obligación de asegurarlo. Quien altere
este principio de la convivencia, sea de un lado o de otro, será el enemigo
común que debemos combatir sin tregua, porque no ha de poderse hacer nada en
la anarquía que la debilidad provoca o en la lucha que la intolerancia
desata.
Conozco perfectamente lo que
está ocurriendo el país. Los que crean lo contrario se equivocan.
Estamos viviendo las
consecuencias de una post-guerra civil
que,
aunque desarrollada embozadamente no por eso ha dejado de existir.
A ello se
le suma las perversas intenciones de los factores ocultos que, desde la
sombra, trabajan sin cesar tras designios no por inconfesables menos reales.
Nadie puede pretender que
todo esto cese de la noche a la mañana pero todos tenemos el deber
ineludible de enfrentar activamente a esos enemigos, si no querernos perecer
en el infortunio de nuestra desaprensión o incapacidad culposa.
Pero el Movimiento
Justicialista, que tiene una trayectoria y una tradición, no permanecerá
frente a tales intentos y nadie podrá cambiarlas a espaldas del Pueblo que
las ha afirmado en fecha muy reciente y ante la ciudadanía que comprende
también cuál es el camino que mejor conviene a la Nación Argentina.
CADA UNO SERÁ LO QUE DEBA
SER O NO SERÁ NADA.
Así como antes llamamos a
nuestros compatriotas en "La Hora del Pueblo". "El Frente Cívico de
Liberación" y "El Frente Justicialista de Liberación", para que mancomunando
nuestros ideales y nuestros esfuerzos pudiéramos pujar por una Argentina
mejor, el Justicialismo, que no ha sido nunca ni sectario ni excluyente,
llama hoy a todos los argentinos, sin distinción de banderías, para que
todos solidariamente nos pongamos en la perentoria tarea de la
reconstrucción nacional, sin la cual estaremos todos perdidos. Es preciso
llegar así, y cuanto antes, a
una sola clase de argentinos:
los que luchan por la salvación de la Patria, gravemente
comprometida en su destino por los enemigos de afuera y de adentro.
Los Peronistas tenemos que
retornar a la conducción de nuestro Movimiento. Ponerlo en marcha y
neutralizar a los que pretenden deformarlo desde abajo o desde arriba.
NOSOTROS SOMOS
JUSTICIALISTAS. Levantamos
una bandera tan distante de uno como de otro de los imperialismos
dominantes. No creo
que haya un argentino que no sepa lo que ello significa. No hay nuevos
rótulos que califiquen a nuestra doctrina ni a nuestra ideología:
SOMOS LO OUE LAS VEINTE
VERDADES PERONISTAS DICEN.
No es gritando la
vida por Perón que se hace Patria, sino MANTENIENDO EL CREDO POR EL CUAL
LUCHAMOS.
Los viejos peronistas lo
sabemos. Tampoco lo ignoran
nuestros muchachos que levantan nuestras banderas revolucionarias. Los que
pretextan lo inconfesable, aunque cubran sus falsos designios con gritos
engañosos, o se empeñen peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie.
Los que no comparten nuestras premisas, si se subordinan al
veredicto de las urnas tienen un camino honesto para seguir en la lucha que
ha de ser para el bien y la grandeza de la Patria, no para su desgracia.
Los que ingenuamente piensan que pueden copar a nuestro Movimiento o tomar
el poder que el Pueblo ha reconquistado se equivocan.
Ninguna simulación o
encubrimiento, por ingeniosos que sean, podrán engañar a un pueblo que ha
sufrido lo que el nuestro y que está animado por una firme voluntad de
vencer. Por eso, deseo advertir a
los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales que
por ese camino van mal.
Así, aconsejo a todos ellos
tomar el único camino genuinamente nacional: cumplir con nuestro deber de
argentinos sin dobleces ni designios inconfesables. Nadie puede ya escapar a
la tremenda experiencia que los años y el dolor y los sacrificios han
grabado a fuego en nuestras almas y para siempre.
Tenemos un país que a pesar de
todo no han podido destruir. Rico en hombres y rico en bienes. Vamos a
ordenar el Estado y todo lo que de el dependa que pueda haber sufrido
depredaciones y olvidos. Esa será la principal tarea del gobierno. El resto
lo hará el Pueblo Argentino, que en los años que corren ha demostrado una
madurez y una capacidad superior a toda ponderación.
En
el final de este camino está la Argentina potencia,
plena de prosperidad, con habitantes que puedan gozar del más alto
"standard" de vida, que la tenemos en germen y que sólo debemos
realizar. Yo quiero ofrecer mis últimos años de vida a un logro que es toda
mi ambición. Sólo necesito que los argentinos nos crean y nos ayuden a
cumplirla.
La inoperancia, en los
momentos que tenemos que vivir, es un crimen de lesa Patria. Los que estamos
en el país tenemos el deber de producir, por lo menos, lo que consumimos.
Esta no es hora de vagos ni de inoperantes. Los científicos, los técnicos,
los artesanos y los obreros que estén fuera del país deben retornar a él a
fin de ayudarnos en la reconstrucción que estamos planificando y que hemos
de poner en ejecución en el menor plazo.
Finalmente, deseo exhortar a
todos mis compañeros peronistas para que,
obrando con la mayor grandeza,
echen a la espalda los malos recuerdos y se dediquen a pensar en el futuro y
en la grandeza de la Patria,
que bien puede estar desde ahora
en nuestras propias manos y en
nuestro propio esfuerzo.
A los que fueron nuestros
adversarios, que acepten la soberanía de pueblo, que es la verdadera
soberanía, cuando se quiere alejar el fantasma de los vasallajes foráneos,
siempre más indignos y costosos.
A los enemigos, embozados,
encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen, en sus intentos, porque
cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento.
Dios nos ayude, si somos capaces
de ayudar a Dios.
La oportunidad suele pasar muy
quedo.
¡Guay de los que carecen de sensibilidad e imaginación para no percibirla!
Un grande y cariñoso abrazo
para todos mis compañeros, y un saludo afectuoso y lleno de respeto para el
resto de los argentinos.
Mensaje de Juan Domingo
Perón al país
Por la cadena nacional de
radiodifusión
Día 21 de Junio de 1973 |