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E n r i q u e
M o s c o n i

(1877-1940)
A principios del siglo XX,
Comodoro Rivadavia recién empezaba a ser un pueblo pequeño, apenas un grupo
de casitas, algún almacén de ramos generales y un hotel-fonda para
alojamiento de los arriesgados viajantes que se animaban a llegar hasta
aquellas lejanas y desoladas zonas del Sur argentino. Pero tenía una
dificultad seria: no había agua dulce.
A comienzos de 1907,
cuadrillas de obreros, dirigidas por ingenieros, habían comenzado a perforar
la tierra en busca del líquido indispensable. Se apelaba a los elementos más
modernos de la época, pero todo parecía inútil. Se llegó a cavar hasta a 400
metros de profundidad, siempre sin resultado. Los sufridos pobladores vivían
pendientes de la torre de perforar, que en más de una oportunidad cayó por
efecto del implacable viento patagónico, y que obligaba a iniciar nuevamente
los trabajos. Los ingenieros no se daban por vencidos. La tarea continuaba.
Pero el resultado era siempre el mismo: absolutamente negativo. Por eso, en
noviembre ya dominaba el desaliento, pues se perdían las esperanzas de poder
dotar de agua a la floreciente población, donde muchos se habían radicado
plenos de ilusiones y confiados en la potencial riqueza de la zona. La
decepción seguía en aumento. El gobernador propuso que se traiga el agua
desde un lejano manantial, mediante la instalación de cañerías; y la
población apoyó la idea como una salvación. Claro que trayendo agua de otro
lado habría que pagarla como artículo de lujo...
Para diciembre nadie confiaba
en la torre –que para su funcionamiento insumía la escasa cantidad de agua
disponible que el pueblo necesitaba para consumo. El ingeniero Krausse, jefe
de la misión, había autorizado perforar hasta el máximo de 500 metros unos
20 días atrás, cuando se había llegado a 481 mts. Pero un viernes, superado
ese máximo, se fue y ordenó: “¡Basta! ¡No se perfora más!”. Sin embargo, el
administrador de la obra, señor Beguin, y el ingeniero José Fuchs que
dirigía la perforadora Fauck, deciden no entregarse y continuar con los
trabajos. Ese mismo día la perforadora llega a 540 metros de profundidad y,
de pronto, se advierte una fuerte corriente ascendente. Sorprendidos, Fuchs
y Beguin se miran atónitos: no era agua; ¡era kerosene! ¡El petróleo salía
casi refinado! Era el 13 de diciembre de 1907.
Mantienen en secreto el
descubrimiento y telegrafían a Buenos Aires, a la Dirección de Minas: “Aquí
no hay agua, pero hay petróleo”. La noticia se conoce en la capital antes
que en Comodoro, que se entera cinco días después. La prensa porteña
acoge la nueva con frialdad,
apenas si le dan importancia los grandes rotativos; no advertían la
trascendencia del descubrimiento: lo que se buscaba allí era agua. Pero el
gobierno nacional resuelve al día siguiente del descubrimiento dictar un
decreto tomando posesión del yacimiento, prohibiendo “la denuncia de
pertenencias mineras y la concesión de permisos de cateo en el puerto de
Comodoro Rivadavia, en un radio de cinco leguas kilométricas a todo rumbo,
contándose desde el centro de la población”. Se evitaba así la posible
aparición de aventureros y la eventual explotación del suelo en beneficio de
particulares. De allí partió el progreso de una vasta región patagónica. La
explotación del petróleo, descubierto de esa manera milagrosa, se constituyó
desde entonces en una fuente de incalculable valor para acrecentar la
economía nacional, y en una de las bases de su riqueza.
El 13 de diciembre será evocado desde entonces como el Día nacional del
Petróleo.
Poco tiempo después apareció un
decreto por el que se creó la primera repartición oficial que debía
administrar la nueva riqueza nacional, y que se denominó Dirección
General de la Explotación del Petróleo de Comodoro Rivadavia,
integrándola entre otros los ingenieros Luis A. Huergo y Enrique M. Hermitte
y el doctor Pedro N. Arata. En los largos considerandos se advierte de la
importancia de su empleo en ferrocarriles y Armada, y se admite la
posibilidad de que el sobrante pueda satisfacer en “condiciones económicas,
las necesidades industriales del país”, y que “los estudios y experiencias
realizados por las oficinas técnicas permiten adelantar que los yacimientos
petrolíferos deben extenderse a grandes distancias al norte y al sur de
Comodoro Rivadavia, y que el petróleo de ese lugar es un excelente
combustible”.
Apenas comenzado el gobierno
radical de Alvear, se crea mediante un escueto decreto una Dirección
Nacional en el ámbito del Ministerio de Agricultura con un nombre de tres
palabras largas y por entonces poco conocidas: Yacimientos Petrolíferos
Fiscales, a las cuales el tiempo simplificaría en tres iniciales famosas. El
17 de octubre de 1922 asume su primer director general, Enrique Mosconi
(1877-1940), un coronel en actividad del arma de ingenieros, íntimo amigo de
Jorge Newbery, graduado a su vez de ingeniero civil en la Universidad de
Buenos Aires y de ingeniero militar en la Academia Técnica de Prusia, de
notables virtudes y cualidades empresarias, y que desempañaría el cargo
durante ocho años. Él fue el genio organizador de la explotación integral
del petróleo en la Argentina y en América Latina. De inmediato promovió la
construcción de la monumental destilería de La Plata, inaugurada en 1925, la
más grande del continente, financiada con fondos propios de la empresa;
llevó adelante la electrificación de Comodoro Rivadavia y echó las bases
(con 10 unidades iniciales y un total de 25.000 toneladas) de una fenomenal
flota de buques tanque (la cual llegó a formar parte en su momento de la
tercera Marina Mercante del mundo).
En 1924, a solicitud de
Mosconi, el Poder Ejecutivo dictó un decreto mediante el cual se ampliaba la
reserva petrolífera fiscal al Sur y creaba nuevas reservas de exploración
oficial en todos los territorios nacionales patagónicos.
Contra la terrible oposición de
las empresas extranjeras, Mosconi desarrolló la más importante industria de
América Latina. Su plan original era el del nacionalismo integral en
materia de petróleo. Modificó esa opinión en 1925 y propuso, en
consonancia con el sistema de la Anglo-Persian, la sociedad mixta del Estado
con las empresas extranjeras. Pero en 1928 volvió a su proyecto inicial,
expresando que “no queda otro camino
que el monopolio del Estado pero en forma integral, es decir, en todas las
actividades de esta industria: la producción, la elaboración, el transporte
y el comercio. [...] Sin monopolio del petróleo es difícil, diré más, es
imposible para un organismo del Estado vencer en la lucha comercial las
organizaciones del capital privado”.
Entre 1928 y 1929 Mosconi
realizó un atrevido y fructífero viaje continental, atacando a las
petroleras internacionales e impulsando una política petrolera
latinoamericana soberana y coordinada. Así nacieron, a imagen y semejanza de
YPF, ANCAP (Administración
Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland) en Uruguay, Yacimientos
Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), Petrobras de Brasil y Pemex de
Méjico. En un famoso discurso en la capital mejicana, todavía vigente,
Enrique Mosconi dijo: “Observamos
que en torno del petróleo se han entablado las más tenaces luchas económicas
y armadas, y presenciamos a diario, como métodos de posesión, de
acaparamiento y de dominio, torrentes de oro destinados a obtener la
complacencia, la infidelidad, el soborno y la alta traición de los
encargados de custodiarlo. [...]
El petróleo tiene una importancia
fundamental e irremplazable, y el crecimiento y progreso de la nación será
tanto más grande cuanto más firme mantenga ésta en sus manos el control de
sus yacimientos petrolíferos, es decir, cuanto más sometidos a su
fiscalización efectiva estén los grandes sindicatos o trusts que explotan en
el país el combustible líquido, pues si esa fiscalización fuera difícil o
imposible de efectuar, más conveniente sería para la tranquilidad económica
y política del país renunciar a la cooperación del capital extranjero”. En
1938, cuando se firman los históricos decretos de nacionalización del
presidente Lázaro Cárdenas, se señala que, si bien el
nacionalismo petrolero mexicano se asentaba en las profundas raíces del
período revolucionario de 1910-17, la idea del monopolio de una empresa
estatal le correspondía a Mosconi y seguía el ejemplo argentino.
Mientras
Mosconi difundía la tesis de la nacionalización y monopolización del
petróleo en América latina, primer gran antecedente de integración en esta
materia,
durante el segundo gobierno de Yrigoyen la explotación exclusiva por el
Estado era defendida por los legisladores personalistas (yrigoyenistas),
enfrentando la postura antinacional de los antipersonalistas y los
conservadores, que planteaban la
formación de compañías mixtas de YPF con
trusts
extranjeros. Triunfó la
tesis de Mosconi, con el respaldo de la tendencia nacionalista e
industrialista del ejército, capitaneada por el
general
Alonso Baldrich. En
efecto, en la aprobación de la ley de nacionalización del petróleo tuvo gran
influencia el memorial que Baldrich dio a publicidad con los siguientes
puntos:
**
Nacionalización de todo el combustible
**
Autonomía de YPF
**
Prohibición de transferir las concesiones
**
Monopolio estatal de la explotación
**
Control estatal de la exploración
**
Monopolio estatal del transporte del combustible
Semejante obra de nacionalismo
económico no podía ser aceptada. El contubernio acrecentaba su poder en el
parlamento y en el ejército con la ayuda invisible del herido capital
extranjero. El viejo caudillo, el primer presidente realmente elegido por
mandato popular, concitaba el odio del imperialismo.
Había reducido de 132 mil a 35 mil
hectáreas las tierras en poder de las empresas petroleras extranjeras,
resuelto la explotación estatal en Salta, impedido que las fuentes
hidroeléctricas en Córdoba pasaran a un sindicato norteamericano, aprobado
por la Cámara de Diputados un proyecto de régimen legal del petróleo
(rechazado por el Senado y declarado inconstitucional por la Suprema Corte
de Justicia) y negado a las empresas de tranvías de la Capital Federal y del
puerto de Rosario sus pretensiones en materia de tarifas y fletes.
Un proyecto de convenio con la
Unión Soviética rebasó la medida de la tolerancia de los monopolios
anglo-norteamericanos. Por primera vez, la Argentina hacía
una negociación de esa índole de Estado a Estado. La empresa soviética
Iuyamtorg,
instalada en Buenos Aires, se comprometía a entregar 250 mil toneladas de
petróleo a cambio de cueros, lana, extracto de quebracho, ovejas y caseína.
En cuanto a la nafta, se fijaba su precio a 10 centavos por litro, lo que
suponía una rebaja para el mercado interno.
Hacia 1930 la doctrina nacional petrolera quedaba perfectamente estipulada
con hechos y palabras.
El monopolio estatal en todas las
etapas: exploración, extracción, transporte, destilación y comercialización;
el rechazo a la empresa mixta y la nacionalización de todas las etapas de la
industria petrolera, golpeaban con furor las puertas de la cámara alta. De
esta manera, la ley de nacionalización del petróleo -que no pudo ser
concretada producto de la oposición en el Senado-, fue quizás la gota que
rebalsó el vaso, propiciando, entre otras muchas causas, el golpe militar de
septiembre. Pocos años después, el presidente Uriburu, preso
de unos estúpidos celos histéricos por Mosconi, ya siendo general de
división, lo designó, Director General de Tiro y Gimnasia del Ejército.
Después de una larga enfermedad, Mosconi falleció el 4 de junio de 1940.
Esto ejemplifica la magnitud de
lo que hemos perdido. Desde la privatización de YPF, su archivo, el archivo
empresario más importante de Latinoamérica, esa monumental fuente de memoria
que contiene la historia de la industria petrolera argentina, permanece
vedado al público y a los investigadores. Se encuentra en Comodoro
Rivadavia, en un inmenso galpón situado entre el colegio Deán Funes y la
administración de Repsol donde funcionara hasta el último día, en
condiciones que inquietan. Pertenece al Estado nacional, pero está dentro de
un edificio de Repsol. Aseguran que su seguridad y su permanencia dependen
de una decisión política que no llega. Concluido el proceso privatizador, el
archivo de la empresa quedó en poder del Archivo General de la Nación, en
Comodoro, pero dentro de instalaciones pertenecientes a Repsol, cerradas al
público. Desde entonces nadie puede visitarlo.
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