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JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ
ARREGUI
(1913-1974)
BIOGRAFÍA
Juan José Hernández Arregui nació en
Pergamino el 29 de septiembre de 1913 y falleció en Buenos Aires el 22 de
septiembre de 1974. Cursó Derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero antes
de terminar sus estudios debió trasladarse a Villa María (Córdoba). En 1931 se
afilió a la UCR yrigoyenista, y escribió en sus órganos periodísticos Debate,
Doctrina Radical y La Libertad. Posteriormente, durante la década
de 1940, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital cordobesa,
en la que tuvo como principal maestro al filósofo italiano Rodolfo Mondolfo.
Allí se graduó en 1944, con una tesis sobre «Las bases sociológicas de la
cultura griega».
En 1947 se produjo su primer
acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a
colaborar en el gobierno bonaerense, como Director de Publicaciones y Prensa del
Ministerio de Hacienda provincial. En esa época, en vísperas de la sanción de
una Ley Universitaria, disertó sobre “La Universidad y la Reforma del 18”. En
1948 comenzó su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, como
Profesor Adjunto de Introducción a los Estudios Históricos, y en la
Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe setembrino de
1955.
Al estar impedido de dar clases, se
dedicó a escribir. Publicó Imperialismo y cultura (1957), La formación
de la Conciencia Nacional (1960), ¿Qué es el ser nacional? (1963),
Nacionalismo y liberación (1969) y Peronismo y socialismo (1972). El
sentido de toda esta producción literaria no fue la de investigar en forma
erudita y aséptica, sino colaborar en el combate patriótico al servicio de la
liberación nacional: si bien Hernández Arregui afirmaba que sus libros sólo
habían podido surgir «como efecto de la lucha patriótica por la liberación
histórica que ha dejado como herencia el peronismo, ese gigantesco movimiento de
masas al que pertenezco», ello le exigía ser un intelectual íntegro e integral,
apasionado y frontal, consciente que la dignidad de la inteligencia nacional
«debe afirmarse en el AMOR A LA PATRIA y en la fortaleza para soportar
silencios, calumnias y hasta cárcel». Es que Hernández Arregui era lo opuesto al
intelectual individualista, frívolo y vanidoso, ya que sabía que las ideas «sólo
sirven para difundirse. Y si no de nada valen. […]», labor de difusión que debe
ser honesta por encima de todo: «Pero seamos probos. Las influencias hay que
confesarlas, las ideas ajenas no hay que deformarlas, sino mejorarlas, o por lo
menos, asimilarlas con veracidad», ya que la fuente de toda auténtica labor
intelectual es el «INDECLINABLE AMOR A LA VERDAD».
CRÍTICA A LA CULTURA OFICIAL
Esta labor intelectual patriótica y al
servicio de la verdad afrontaba el problema que en ese entonces aquejaba a la
juventud: «las deficientes orientaciones que en el orden histórico y filosófico
guían la enseñanza superior en la Argentina», deficiencias que habían convertido
a la intelectualidad argentina en general en una clase media culturalmente
colonizada y enajenada, ignorante de sus raíces, de su pasado y de su destino
históricos. En este sentido, la enseñanza oficial que dominó en la Argentina a
partir del llamado «proyecto de la generación del 80» será cuestionado por
Hernández Arregui como un factor ineludible. Y así escribe sin pelos en la
lengua: «En la escuela le enseñaron [a los jóvenes] a preferir el inmigrante al
nativo, en el Colegio Nacional que el capital extranjero es civilizador, en la
Universidad que la Constitución de 1853 ha hecho la grandeza de la Nación o que
la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la
molicie del criollo. Este estado espiritual, fomentado sutilmente por la clase
alta aliada del imperialismo [británico], distorsiona la conciencia de estos
grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento
intelectual». Y en otro párrafo añade: «Estos intelectuales democráticos, a
veces a pesar de ellos, sin conciencia de su verdadera situación al ligarse a la
oligarquía, representan a la pequeño burguesía pro-imperialista. El carácter
uniformemente extranjerizante de sus escritos, refleja la naturaleza portuaria
de esa mentalidad parasitaria del comercio de exportación. En esa literatura hay
también una “voluntad de forma”, en el sentido de Riegl. Una voluntad
narcotizante en el doble plano estético y político» (¿Qué es el ser nacional?).
CRÍTICA AL MARXISMO
INTERNACIONALISTA
La misma crítica le cabe al marxismo
«argentino», el cual ha sido «una de las formas de esa alienación cultural del
coloniaje», un «sutil veneno» con que la dominación imperialista foránea «ha
narcotizado la conciencia nacional de los pueblos jóvenes e inermes». Pero el
intelectual que escribía por amor al país sabía ver más allá de los errores y
carencias de esta corriente ideológica y política, por cuanto su experiencia
política como intelectual no le impedía reconocer que «no hay que tenerle miedo
a las ideas de izquierda», pues «lo esencial es que sirvan a la causa de la
liberación nacional. […]», es decir, «lo que
interesa es el país, no los prejuicios ideológicos de
las sectas». Así, su crítica al marxismo vernáculo como vehículo al servicio del
colonialismo cultural logró que muchos de los intelectuales formados en esa
corriente ideológica se nacionalizaran, al igual que su pensamiento. Es que lo
que este intelectual buscaba afanosamente era afirmar culturalmente (con un
claro sentido y proyección políticos) el concepto del «ser nacional», no como un
concepto abstracto y ahistórico, sino integrador, dinámico y social, ya que
hablar del ser nacional «es hablar de una Patria, de un Pueblo como
comunidad cultural, de una Nación con su historia», poniendo en evidencia en
última instancia que nuestro «ser nacional» argentino es parte de la América
hispánica e indígena.
EL CONFLICTO HISTÓRICO ARGENTINO Y
EL NACIONALISMO REVISIONISTA
1. Hernández Arregui sostenía que el
problema primordial de la Argentina no era ideológico ni exclusivamente interno,
sino de su originario sometimiento económico y político al poder británico,
sometimiento que ha sido constante a lo largo de la historia argentina: el
problema esencial es el predominio que ha tenido y usufructuado Buenos Aires (su
burguesía comercial y sus hacendados] sobre el Interior del país. En este
predominio, ha sido fundamental la presencia de Inglaterra, como referente
primordial de la burguesía portuaria, al apoyar inicialmente la libertad
política de las colonias hispanoamericanas y asociar a las oligarquías nativas,
desprestigiando y desacreditando todo lo español (religión, idioma,
tradiciones). En este proceso histórico, Juan Manuel de Rosas ha constituido la
consumación del unitarismo económico del país, pero en franca oposición a la
extranjerización cultural. Este unitarismo en los hechos del caudillo federal
bonaerense ha contado con amplio apoyo popular, al compartir el pueblo sencillo
la misma cosmovisión vital. Por su parte, Justo José de Urquiza ha representado
la lucha de la burguesía mesopotámica contra el predominio de Buenos Aires, y el
federalismo en su conjunto, y a grandes rasgos, sólo ha significado desde el
punto de vista histórico una «actitud desesperada de defensa» y de «heroísmo
inútil» frente a la brutal voluntad histórica de una minoría que se había
apropiado del país. El general Bartolomé Mitre, paradigma del liberalismo
vernáculo, representaba a los sectores ganadero y mercantil bonaerenses
«estrechamente ligados» al librecambismo inglés. Al consumar la liquidación del
artesanado del Interior, por medio de una sangrienta ofensiva militar contra el
interior del país, la política mitrista posibilitó que la Argentina en su
conjunto se convirtiera en una estancia inmensa y las zonas marginales del mismo
en desiertos.
2. Según Hernández Arregui, este
conflicto político se proyectó en el ámbito de la investigación histórica del
siglo XX. En este sentido, la figura de Juan Manuel de Rosas se constituyó en el
«centro del cisma entre las facciones rivales de la burguesía nacional [el
liberalismo pro-británico y el nacionalismo hispanista católico]», si bien ambas
estaban «de espaldas a las potencias colectivas que contienen en su seno el
porvenir argentino». En otras palabras: ambas facciones, rivales en lo
ideológico, estaban unidas por el mismo defecto de ser ajenas y extrañas al
sentir del pueblo argentino, de sus vivencias y experiencias sociales e
históricas.
Lo que Hernández Arregui le ha
criticado al nacionalismo argentino revisionista es que, en última instancia,
comparte la misma cosmovisión capitalista de la sociedad que el liberalismo. Si
bien en el siglo XX el nacionalismo europeo fue la respuesta a la crisis capitalista y a la democracia liberal que sobrevino en las
primeras décadas del siglo, y el nacionalismo criollo se destacó sobre todo por
ser antiliberal, aristocrático e hispanista, antibritánico y antimarxista, ambos
tuvieron una fuerte impronta de conservadurismo social, ya que nunca
negaron las jerarquías estables de la sociedad capitalista. El nacionalismo
criollo fue la negación del liberalismo, pero en el sentido de representar el
desplazamiento del mando político dentro de la misma clase dirigente. Por este
carácter dual –crítico del liberalismo, pero al mismo tiempo no popular-, se
opuso empecinadamente al radicalismo yrigoyenista, al que consideraba plebeyo,
ya que en última instancia miraba a las masas políticas desde la misma atalaya
que la observaba desdeñosamente el grupo liberal.
Pero a pesar de esta limitación social
y política, Hernández Arregui consideraba que el nacionalismo revisionista había
sido «revolucionario» a pesar suyo, ya que hizo dos aportes históricos
importantísimos: a) expresó la crítica más precisa y concreta al imperialismo
británico, y b) fortaleció lo nacional frente a lo extranjerizante. En este
sentido, el nacionalismo revisionista ha representado una verdadera
dialéctica política, histórica y cultural: como reacción frente a lo
extranjero, cumplió un papel progresista, mientras que el progresismo
izquierdista se constituyó históricamente en representante del sojuzgamiento
espiritual nacional en beneficio de los intereses extranjeros. De este modo, el
progresismo izquierdista vernáculo cumplió la misma función histórica de los
intelectuales liberales: estuvo al servicio de la clase gobernante, en tanto
fueron antihispanistas y disolventes de los movimientos nacionales, en
beneficio de la política imperialista británica.
En 1973, al ser distinguido como
Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, Hernández Arregui expresó
categóricamente: “He pertenecido, pertenezco y perteneceré al Movimiento
Nacional Peronista”. Durante 1974, hasta su fallecimiento, fue el Director de la
revista Peronismo y Liberación.
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