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«En la comunidad a que aspiramos, la organización de
los trabajadores es condición imprescindible para la solución auténtica
del Pueblo. […]. Los trabajadores tienen que organizarse para que su
participación trascienda largamente la discusión de salarios y condiciones
de trabajo. El país necesita que los trabajadores, como grupo social,
definan cuál es la comunidad a la que aspiran, de la misma manera que los
demás grupos políticos y sociales» (Juan Domingo Perón, Modelo
argentino para el Proyecto Nacional, 1974). |
1. Desde los comienzos de la historia humana, las grandes culturas
posibilitaron el desarrollo de las diversas civilizaciones en las que se
cimentó la vida de los pueblos y naciones que a lo largo del tiempo componen
la gran familia humana. Esas culturas en su conjunto resaltaron la
dignidad del ser humano como una existencia en la que se reflejaba la
impronta y los rasgos de los poderes divinos o como una creatura nacida de
la voluntad divina que gobierna el curso y el destino del mundo.
La fe bíblica y la cultura greco-latina amalgamaron históricamente una
síntesis cultural en la que el ser humano, en su dignidad, ha sido
constituido como el elemento supremo de la creación y del mundo, como
administrador y custodio de los bienes y riquezas del universo. En
particular, el cristianismo es quien resaltó el destino del hombre (varón y
mujer) como cooperador en la generación de la vida y como dueño de la
Tierra y de los bienes que ésta produce para el ser humano, de los que éste
se hace dueño mediante el trabajo de sus manos y de su inteligencia.
La frase Ora et labora (Reza y trabaja), aunque surgida del
mundo monástico, sintetiza el destino y la vocación universales del hombre:
elevación de su alma y espíritu al Creador de todo, para usar y
usufructuar por medio de la labor humana los bienes que necesita para su
subsistencia y que el Todopoderoso le ofrece gratuitamente.
2. En la época moderna, el capitalismo salvaje, tanto en su
variante liberal-mercantilista como en la colectivista, degradó al ser
humano, reduciéndolo al nivel de una cosa biológica o de un insecto,
aniquiló esta concepción humanista del trabajo y de este modo degradó
también el trabajo humano, convirtiéndolo en una fuerza mecánica o en
una mercancía, útil sólo para la mera subsistencia sin dignidad. Este
proceso involutivo y degradante de la dignidad del trabajo se llevó a cabo
bajo la apariencia de un conflicto ideológico irreconciliable, mediante el
cual pueblos y naciones enteras fueron sojuzgados por una u otra variante
imperialista de dicho capitalismo depredador, por un lado mediante el
control político y cultural, por otro lado mediante el despojo económico de
la mayoría de sus riquezas.
3. Desde los comienzos de nuestra historia patria, y hasta mediados
del siglo XX, la Argentina sufrió el rigor del mencionado proceso
imperialista depredador, con sus secuelas de injusticia social y pobreza
generalizada. El Movimiento Nacional, profundamente humanista y
profundamente cristiano, liderado por el General Juan Domingo Perón
liberó a la Argentina de las garras del colonialismo británico, instaurando
una Patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
La base y el eje de esta transformación raigal e integral de la Nación fue
la nueva concepción del TRABAJO institucionalizada por el
gobierno justicialista y concebido como un DERECHO, porque crea la
dignidad del hombre, y al mismo tiempo como un DEBER, porque
es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume. Así, el
TRABAJO se erigió en fuente de la dignidad de cada persona y en
base de la riqueza nacional en su conjunto. En este sentido, el
justicialismo representó la primera experiencia histórica mundial que hizo
realidad la concepción humanista y cristiana del trabajo, de la economía y
de la sociedad, delineada en la Doctrina Social Cristiana.
4. A partir de la década del ´70, el poder privado mundial,
configurado como imperialismo internacional del dinero y como plutocracia
parasitaria, impulsó –a través de la Comisión Trilateral y del Grupo
Bilderberg- el Nuevo Orden Mundial (globalización), instrumentando en
Argentina el Proceso cívico-militar de 1976 que arrasó con nuestra soberanía
nacional, con nuestra independencia económica y con los derechos sociales y
laborales implantados en nuestra Patria, imponiendo una economía de
especulación en beneficio exclusivo de la patria financiera parasitaria. Por
eso esta reacción neocolonialista des-industrializó nuestra economía,
denigró y deformó nuestra cultura nacional y aniquiló la concepción
humanista y cristiana del trabajo, convirtiéndolo en un elemento de mera
subsistencia del trabajador y en una partícula descartable del mercado.
El proceso democrático reiniciado en 1983, a través de los sucesivos
gobiernos, significó un cierto progreso político y social, pero
sometido al PODER POLÍTICO Y ECONÓMICO TRANSNACIONAL que implementó el
nefasto Proceso de 1976, el verdadero poder detrás del trono que
sigue gobernando la Argentina, saqueando nuestras riquezas y nuestras
materias primas e implementando la anticultura de la muerte. En esta
hora crítica de nuestro devenir histórico, no sólo rige el mismo esquema
económico-social procesista, sino también la misma concepción degradada del
trabajo y del salario como variable de ajuste y de mero elemento de
subsistencia de los trabajadores, más allá de ciertas y limitadísimas
excepciones.
Si nuestro destino histórico como Nación es de forjar una Patria grande de
hermanos en la que el pueblo sea feliz, entonces estamos llamados a evitar
que la Argentina deje de ser colonia sumida en ruinas para beneficio de la
plutocracia imperialista transnacional. Por eso, lejos de ser un acto
folclórico o meramente reivindicativo, celebrar el día del Trabajo
implica fortalecer, solidificar y cimentar los valores
espirituales-culturales en los que no sólo se asienta la vocación
laboral, creativa y fecunda, inserta en la naturaleza humana, como base y
motor del acceso a los bienes necesarios para una vida digna, sino que
también constituyen el fundamento y sostén de la grandeza y felicidad de
nuestra Patria, para fortaleza y muralla de contención contra el proyecto
genocida y depredador del Nuevo Orden Mundial.
«[…] el trabajo constituye una dimensión fundamental
de la existencia del hombre en la tierra. […] El hombre es la imagen de
Dios, entre otros motivos por el mandato recibido de su Creador de someter
y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo
ser humano, refleja la acción misma del Creador del universo. […]
Haciéndose –mediante su trabajo- cada vez más dueño de la tierra y
confirmando todavía –mediante el trabajo- su dominio sobre el mundo
visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca
en la línea del plan original del Creador» (Juan Pablo II, Laborem
exercens, II, n. 4).
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